¿Qué es la memoria y cómo podemos activarla para aprender?

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10 Hábitos para Ejercitar la Memoria - Escuela de la Memoria

La memoria es el registro que dejan en el cerebro nuestras experiencias personales. Algunas memorias pueden evocarse como recuerdos conscientes, mientras que otras permanecen siempre ocultas, influenciando nuestra mente y comportamiento sin que nos demos cuenta. En el siempre revolucionado mundo de la educación, la memoria suprema es la que resulta del aprendizaje premeditado y la enseñanza programada, por lo que no está de más analizar cómo el cerebro forma memorias consistentes y duraderas. La neurociencia reconoce tres tipos principales de memoria, la implícita o de hábitos, la explícita o declarativa y la ejecutiva o de trabajo, cada una de ellas relacionada con estructuras cerebrales particulares y resultado de modos de aprendizaje diferentes. Analicémoslos por separado.

Para empezar, no solemos llamar memoria a la que tenemos para poder hablar, escribir, abrocharnos un botón, nadar o conducir un automóvil, cuando resulta que no nacimos sabiendo hacer esas cosas y tuvimos que aprenderlas muchas veces con gran esfuerzo. Costó, pero ahí están y no se nos olvidan nunca, pues son memorias implícitas, es decir, hábitos consistentes de los que depende buena parte de nuestra vida. Funcionan de manera automática e inconsciente y se forman principalmente en circuitos neuronales de los voluminosos ganglios estriados del interior del cerebro.

Muchos hábitos, como el hacer el lazo de los cordones de un zapato o el de montar en bicicleta, son de movimiento, pero tenemos también hábitos mentales, como el que nos permite recordar la tabla de multiplicar, el lugar donde vivimos, las capitales de los países y muchas formas de razonamiento que la práctica y la experiencia han implantado en nuestras neuronas sin que apenas lo notemos. Así, el empecinamiento en posturas o ideologías personales puede estar muchas veces relacionado con formas habituales de pensar y razonar que, a fuerza de practicarlas, nos han acabado esclavizando. Una de las grandes virtudes de la memoria implícita es, precisamente, su consistencia, pues solo por su invariable forma de andar o moverse, por no decir de pensar, podemos reconocer a alguien, incluso sin ver su cara. Otra virtud de la memoria implícita es su resistencia a la neurodegeneración, pues es la que más suele resistir en la vejez e incluso en la enfermedad.

¿Cómo entonces debemos aprender? Las propiedades de cada tipo de memoria y su anclaje cerebral nos marcan la pauta. Si lo que queremos es formar memorias implícitas, es decir, hábitos, como el de aprender a escribir, una nueva lengua, reglas de ortografía, clasificar información, normativas o leyes, el papel en una obra de teatro o un instrumento musical, la clave es repetir y repetir. La práctica perfecciona y no hay nada malo en ello, pues es el cerebro quien lo requiere y tener información bien registrada sobre procedimientos habituales favorece extraordinariamente el razonamiento general. Siempre será mejor que la información relevante y de uso frecuente esté en nuestro cerebro que no en accesorios externos, como un ordenador o internet, pues la memoria implícita funciona también como un catalizador inmediato que favorece la formación de la explícita. Pensemos, por ejemplo, en cómo facilita una buena prosa el que las palabras o frases escritas nos suenen inmediatamente como correctas o incorrectas. No hay que eliminar, por denostado, el llamado “aprender de memoria”, lo que hay que saber es cuándo utilizarlo y cuándo no.

Pero si de lo que se trata es de formar memorias explícitas, es decir, de adquirir conocimiento semántico, como el contenido en las disciplinas literarias, sociales o científicas, la clave está en relacionar y comparar conscientemente informaciones diversas, analizar coincidencias y desavenencias, contrastar teoría con hechos, resumir y valorar datos... Es decir, un tipo de trabajo activo exigente, de contraste y profundización, que requiere sumar fuentes diversas de información y que es el que activa las neuronas del hipocampo necesarias para formar las memorias explícitas o declarativas. El cerebro es un órgano básicamente mnésico, es decir, ha evolucionado como almacenador de información de todo tipo sin la cual ni los organismos más elementales podrían sobrevivir. La memoria biológica es tan imprescindible como inevitable, pero, como acabamos de ver, siempre es resultado de aprendizaje activo y de mucho esfuerzo personal. Redescubrir lo mejor de ella y saber cómo utilizarla debería ser un objetivo prioritario de cualquier sistema educativo de calidad.

Ignacio Morgado Bernal es catedrático de psicobiología en el Instituto de Neurociencias y en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de ‘Aprender, recordar y olvidar: claves cerebrales de la memoria y la educación’. Ariel, 2014 y 2017.

Materia gris es un espacio que trata de explicar, de forma accesible, cómo el cerebro crea la mente y controla el comportamiento. Los sentidos, las motivaciones y los sentimientos, el sueño, el aprendizaje y la memoria, el lenguaje y la consciencia, al igual que sus principales trastornos, serán analizados en la convicción de que saber cómo funcionan equivale a conocernos mejor e incrementar nuestro bienestar y las relaciones con las demás personas. 

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